En Bogotá, emprender es casi un acto de fe. No porque falten oportunidades —las hay, y cada vez más estructuradas—, sino porque las condiciones del entorno exigen una resiliencia que no se enseña en ningún MBA. El emprendedor bogotano promedio enfrenta una burocracia densa, una competencia feroz, un acceso limitado a capital y un consumidor que, educado por años de ofertas digitales, espera mucho por poco. Y sin embargo, emprende.
El nuevo perfil del emprendedor capitalino
El emprendedor bogotano de 2026 no se parece al de hace una década. Antes, emprender era frecuentemente sinónimo de «rebusque» —una solución de emergencia ante la falta de empleo formal—. Hoy, una proporción creciente de emprendedores elige ese camino no por necesidad sino por convicción. Son profesionales con experiencia corporativa que deciden crear algo propio; jóvenes recién egresados que prefieren fundar su startup antes que enviar hojas de vida; migrantes venezolanos que reconvirtieron sus habilidades en negocios de comida, belleza o servicios técnicos.
Lo que comparten estos perfiles diversos es una sofisticación que antes era rara: conocen herramientas digitales, entienden la importancia del branding, manejan conceptos básicos de finanzas y, sobre todo, piensan en escalabilidad desde el día uno. No quieren una tienda; quieren una marca. No quieren un empleo propio; quieren un sistema que funcione sin depender exclusivamente de su presencia física.
El ecosistema de apoyo: incubadoras, aceleradoras y capital
Bogotá ha construido un ecosistema de apoyo al emprendimiento que, si bien todavía tiene brechas, es el más robusto de Colombia y uno de los más dinámicos de América Latina. La Cámara de Comercio de Bogotá, a través de su programa Bogotá Emprende, ofrece asesoría gratuita, talleres de formación y conexiones con mentores. iNNpulsa Colombia, la agencia gubernamental de innovación, canaliza recursos hacia emprendimientos de alto potencial. Y una constelación de incubadoras privadas —desde las universitarias hasta las corporativas— completa el mapa.
El acceso a capital, históricamente el cuello de botella más estrecho, también está evolucionando. El Fondo Emprender del SENA sigue siendo la puerta de entrada para muchos emprendedores de primera generación: ofrece capital semilla no reembolsable a cambio de un plan de negocios validado y generación de empleo verificable. Pero más allá del fondo público, una nueva generación de fondos de capital de riesgo colombianos —y extranjeros con presencia local— está inyectando recursos en etapas tempranas (pre-seed y seed) que antes estaban desatendidas.
La pandemia como bisagra
Es imposible hablar de emprendimiento bogotano sin reconocer el antes y el después que marcó la pandemia de COVID-19. Para miles de pequeños negocios fue una catástrofe: restaurantes cerrados, tiendas sin clientes, servicios cancelados. Pero para otros fue el catalizador de una transformación que venían posponiendo.
La digitalización forzada obligó a negocios análogos a crear presencia en línea en cuestión de semanas. Panaderías que nunca habían tenido Instagram abrieron cuentas y empezaron a vender por mensajes directos. Talleres de confección pivotearon a la producción de tapabocas y luego a ropa deportiva para el home office. Profesores particulares descubrieron que podían dar clases a 30 alumnos simultáneos por Zoom en lugar de tres presenciales.
«La pandemia no creó emprendedores en Bogotá; los reveló. Había una energía emprendedora latente que solo necesitaba una urgencia para manifestarse.»
Emprendimiento social: el propósito como diferenciador
Una de las tendencias más marcadas en el ecosistema bogotano es el auge del emprendimiento con propósito social. No se trata de ONGs disfrazadas de empresa, sino de negocios rentables que integran un impacto medible en su modelo de operación. Marcas de moda que emplean a mujeres cabeza de hogar en localidades vulnerables. Restaurantes que usan ingredientes de comunidades campesinas con las que mantienen relaciones de comercio justo. Plataformas tecnológicas que conectan a recicladores de base con empresas que necesitan gestionar sus residuos.
Estos emprendimientos han encontrado un consumidor receptivo. Los estudios de mercado indican que un porcentaje creciente de bogotanos —especialmente entre los 25 y 40 años— está dispuesto a pagar un precio ligeramente superior por productos y servicios que demuestren un impacto positivo verificable. La palabra clave es «verificable»: el greenwashing ya no pasa. El consumidor pide datos, certificaciones, trazabilidad.
Localidades emergentes: emprender fuera del norte
Históricamente, el emprendimiento «visible» se ha concentrado en las localidades del norte de Bogotá: Usaquén, Chapinero, Suba. Pero el mapa está cambiando. Localidades como Kennedy, Engativá, Fontibón y Bosa —que concentran la mayor densidad poblacional de la ciudad— están generando un ecosistema emprendedor propio, con características distintas.
Aquí los emprendimientos suelen ser más orientados al servicio inmediato: lavanderÃas con recogida a domicilio, academias de idiomas con horarios flexibles, talleres de reparación tecnológica, cocinas que atienden el almuerzo ejecutivo de miles de trabajadores que no quieren o no pueden ir a un restaurante. Son negocios con márgenes ajustados pero volúmenes altos, que operan en un mercado donde la relación calidad-precio es el factor decisivo.
Lo que viene: tendencias para observar
El emprendimiento bogotano está entrando en una fase de maduración. Las primeras startups tecnológicas nacidas en la capital ya tienen más de diez años y comienzan a generar un efecto multiplicador: sus ex empleados fundan sus propias empresas, sus inversores reinvierten en nuevos proyectos, su experiencia colectiva eleva el piso de conocimiento de todo el ecosistema.
Las tendencias a observar incluyen el auge de las «marcas verticales nativas digitales» (DNVB) —marcas que nacen en línea, controlan toda su cadena y solo eventualmente abren tienda física—; el crecimiento del emprendimiento en salud y bienestar (telemedicina, salud mental, fitness personalizado); y la consolidación del modelo de «emprendedor corporativo» o intrapreneur, donde las grandes empresas bogotanas crean sus propios labs de innovación para retener talento que de otro modo se iría a fundar su propia startup.
Bogotá no es Silicon Valley, y no pretende serlo. Es algo posiblemente más interesante: un ecosistema donde la innovación coexiste con la tradición, donde el algoritmo convive con el tinto de la tienda de barrio, y donde emprender es, antes que un modelo de negocio, una forma de entender la vida. Eso, para los que seguimos de cerca el pulso empresarial de la capital, es exactamente lo que la hace única.


